Fetichismo, ¿hasta dónde es sano?

El origen de la palabra fetiche está en feitiço, es decir, hechizo. En la antigüedad, el fetiche era un objeto especial, al que determinados pueblos atribuían características especiales y mágicas. Después, este término ha acabado derivando en el que se utiliza para referirse a una conducta sexual que necesita de la presencia de un objeto como fuente de placer.

Eso sí, quedan excluidos los objetos destinados a eso precisamente (es decir, vibradores y demás).

La verdad es que con el paso del tiempo, muchas costumbres sexuales han ido cambiando y cosas como el sexo oral o la masturbación, que se consideraban parafilias hasta mitad del siglo XIX, hoy en día se considean prácticas totalmente normales dentro de una relación sexual.

El fetichismo no tiene por qué ser algo insano. De hecho, puede ser una parte más de los juegos previos, ya que hay muchas variaciones dentro del mismo. Por lo general, algunos de los objetos más comunes son las prendas de ropa interior femenina, por ejemplo.

La lista de comportamientos fetichistas es de lo más variada: aparte de los tacones de mujer, otros se excitan tocándose el ombligo con un destornillador, disfrazándose, con los excrementos, las prótesis… De todo.

El problema es cuando la ausencia del objeto impide la excitación y lleva a la frustración. Y por supuesto, no es peligroso siempre y cuando el objeto en cuestión no lo sea para ninguna de las dos personas que forman parte de la relación.

Por supuesto, es muy difícil generalizar en el mundo del fetichismo, sobre si es una conducta sana o no lo es. Al final, como todo en el sexo, esto es cosa de cada uno (y de su pareja, claro)

Foto de Agitador Homologado